Carlos Rodrigo Zapata C.-Los ríos voladores, la fantástica imaginación de la naturaleza

El equilibrio de la naturaleza en Sudamérica, y particularmente en la región comprendida por la Amazonía y la Cordillera de Los Andes, se halla en franco peligro.

La intervención humana está alterando gravemente sus leyes de movimiento. Una de esas leyes la podemos simplemente llamar, “los ríos voladores”. Es la manera de la que se vale la naturaleza para hacer llegar agua a los más recónditos espacios de toda su geografía.

¿En qué consiste? En usar las corrientes de aire para transportar agua. Así como se vale de la superficie terrestre para hacerlo, a través de toda clase de ríos y canales, también se vale de los acuíferos para transportar subterráneamente inmensas cantidades de agua y para almacenarla, evitando de este modo su evaporación. Pero como la naturaleza es dueña y señora de todos sus misterios y posibilidades, también usa las corrientes de aire para transportarla.

Aprovecha una de las funciones más maravillosas de los árboles: la conversión de agua en humedad. También aprovecha los vientos y de este modo logra transportar fabulosas cantidades de agua desde su misma fuente, el maravilloso bosque amazónico, hasta los confines más apartados y sedientos de este nuestro extraordinario espacio sudamericano.

Este es el mismo método que utilizaron los antiguos tiwanakotas. Según los estudios realizados por arqueólogos en nuestro país, en particular por Alan Kolata y Oswaldo Rivera Sundt, el imperio de Tiwanaku pudo expandirse fabulosamente en su tiempo gracias a su capacidad de producir grandes cantidades de alimentos a gran altitud. Desarrolló el sistema de los suka kollos que son parcelas de tierra rodeadas de canales que abastecen de agua continuamente a las parcelas, los que a su vez son indispensables para almacenar calor del sol durante el día y devolverlo durante la noche, indispensable para combatir las heladas, frecuentes a 4000 msnm. Los tiwanakotas desarrollaron un sistema de suka kollos en grandes extensiones de tierra que eran abastecidas mediante ríos que se desviaron para atender de modo simultáneo sus enormes requerimientos de agua. La historia nos dice que el final de Tiwanaku se originó por una “sequía centenaria” que habría durado como 70 años más o menos continuos, situación que habría obligado a los pobladores a abandonar su emplazamiento.

Esta historia nos dice que los tiwanakotas desarrollaron un sistema de vida centrado en el manejo cuidadoso del agua en condiciones muy severas, a gran altitud, pero no tenían todas las respuestas, no estaban cubiertos frente a toda clase de riesgos.

La situación actual por la que atraviesa la naturaleza empieza a asemejarse a la que sufrieron los tiwanakotas: no estaban preparados para enfrentar toda clase de eventualidades. Apostaron en favor del agua, pero cuando ésta escaseó de modo continuo por mucho tiempo llegó el fin del imperio, de su cultura y civilización.

La deforestación que acontece en la Amazonía en la actualidad equivale a cerrar los grifos o llaves de paso de la naturaleza, a hacer imposible el transporte de agua a zonas alejadas, a desecar los “ríos voladores”. La amenaza principal –el ser humano– ha surgido de las mismas entrañas de la naturaleza, lo cual rompe con todas sus experiencias previas. La naturaleza no sabe cómo defenderse por lo que está recurriendo a lo que sabe hacer, pero por las alteraciones que está sufriendo, hacer lo mismo significa grandes catástrofes. Basta que cambien los ciclos de agua, que se acumule gran cantidad de agua en unos sitios y falte en otros, como para producir grandes hecatombes en forma de inundaciones o sequías destructivas.

Según estimaciones, cada árbol amazónico convierte cada día 1000 litros de agua en humedad que es transportada por los “ríos voladores” y conducida a todos los confines de la Amazonía y más allá. Por otro lado, se estima que en la región amazónica habría 390.000.000.000 árboles (Trescientos noventa mil millones de árboles). [Ver el video adjunto que sintetiza muy bien el tema tratado].

Bolivia no es ajena a la destrucción de la naturaleza. ¿Cuál es el impacto en Bolivia de la deforestación? En las dos últimas décadas se ha deforestado aprox. 10 millones de ha. Se estima que en promedio hay 600 árboles/ha. Eso significa que habríamos perdido 6 mil millones de árboles. Si cada árbol genera 1000 litros de humedad diarios, todo eso significa que por año en nuestro país se está dejando de transportar y recibir 2190 billones (2190 millones de millones, con doce ceros) de litros de agua.

Basta eso para explicar, por ejemplo, la sequía en la región, los incendios que crecen y se multiplican, pero también son aviesamente inducidos, la reducción de caudales en los ríos “navegables”, el aumento abrasador de las temperaturas especialmente en el oriente y la región amazónica, la pérdida de agua del Titicaca y la desaparición del Poopó, la perdida de glaciares y la creciente falta de agua en la cordillera de Los Andes y la nueva ola de migrantes del campo a las ciudades y de unos países a otros.

Al calentamiento global le hemos agregado nuestro propio aporte altamente destructivo. No obstante, no dejan de anunciarse nuevos pretextos para seguir depredando. La polémica en tono a la carretera que pasa por el parque nacional Amboró nos muestra que se han proyectado y se hallan en ejecución grandes complejos inmobiliarios en áreas que afectarían los acuíferos que suministran agua a la región metropolitana de Santa Cruz que alberga ya como a 2,5 millones de habitantes. Es decir, se sigue planeando deforestar y peor aún en zonas sensibles y críticas para el suministro de agua. Posiblemente la situación no fuera tan crítica y no se tendría que hacer tanta cuestión con proyectos que se encuentran a buena distancia de Santa Cruz de la Sierra, si en el pasado no se hubiera deforestado inmensas áreas en la misma región metropolitana. Por ello se ven en la obligación de cuestionar otras intervenciones alejadas porque se pone en peligro el suministro de agua a una población muy grande. Como se puede apreciar, la depredación de los bosques no solo causa estragos ambientales, sino que además desata pugnas por los recursos que no han sido destruidos, porque todos dependemos de ellos. Este tipo de pugnas seguirán creciendo y multiplicándose porque los recursos son escasos, pero las angurrias y estrecheces mentales son infinitas, como bien diagnosticó Einstein, su mejor cálculo.

En síntesis, podemos decir que la naturaleza está peleando contra la agresión destructiva causada por los seres humanos con todos los medios y recursos que tiene a su disposición, pero está perdiendo esta guerra. No podrá inventarse nuevos recursos de la noche a la mañana, lo cual significa que todos estamos perdiendo esta guerra que llevamos adelante a diario contra la naturaleza y, por tanto, contra nuestros propios fundamentos de vida.

El grado de destrucción que infligimos a la naturaleza cada día debe ser visto como el mayor Holocausto que ha causado el ser humano a la naturaleza y contra sus propios fundamentos de vida. No hay perdón frente a tanta codicia e irresponsabilidad. El fracaso humano se pagará con la extinción de la especie luego de inmensos sufrimientos.

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Carlos Rodrigo Zapata C. Es Economista, Especialista en Planificación Territorial, Diplomado en Sistemas de Información Geográfica, Percepción Remota y Sistemas de Posicionamiento Global, Catedrático de Desarrollo del Capitalismo. Analista político, social y ambiental.

Video: Los Ríos Voladores, Arbio, Perú.

https://vm.tiktok.com/ZMjKr36L6/

Fotos de Suka Kollos:

www.atlantisbolivia.org/sukakollusesp.html

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