Pedro Portugal Mollinedo – El señuelo de la wiphala

Se atribuye al activista político jamaicano Marcus Mosiah Garvey Jr., haber declarado: “Muéstrame una raza o una nación sin bandera, y yo te mostraré una raza de gente sin ningún orgullo”. Ciertamente, no se puede concebir una agrupación, un partido y menos una nación sin su bandera. Toda bandera expresa un lenguaje simbólico eficaz, aunque sus raíces sean atávicas e irracionales.  Nos transmite mensajes y exaltaciones que actúan en el orden emocional. De ahí que una agrupación, partido o nación tenga necesariamente una sola bandera.

No existe nación con dos banderas…. Y Bolivia no es la excepción, aunque pudiera hacernos pensar lo contrario la profusión de wiphalas acompañando a la tricolor en el uso doméstico y los conflictos regionales –especialmente en Santa Cruz- sobre izar o no ambas banderas en actos oficiales. Nuestra bandera representativa es la tricolor rojo, amarillo y verde, pues jamás se ha visto ondear la wiphala (al lado de, o remplazando a la de rojo, amarillo, verde) como representación de Bolivia en Naciones Unidas, OEA, o cualquier foro internacional.

Que la wiphala simbolice una nueva nación, es pues una mentira: es solo el emblema del intento de nuevo Estado. Empero, la argucia para legitimar una política partidaria puede conducir a un barullo que puede concluir en una simple disgregación nacional.

El origen del uso de la wiphala se remonta a cuando fue enarbolada por las corrientes indianistas y kataristas. Su punto culminante fueron las movilizaciones dirigidas por el mallku Felipe Quispe, durante los años 2000 al 2020. Fueron llamados de atención sobre la inviabilidad de la Bolivia colonial y la necesidad de una nueva identidad nacional.

Esas propuestas, por notables e impactantes que fueran, no lograron –por razones que escapan al tema de esta nota- triunfar políticamente. Una agrupación nacida después, el MAS, logró capitalizar esas demandas y sus símbolos, dándoles contenido diferente: lo indígena pasó de ser propuesta política y nacional a convertirse en discurso pachamamista y reivindicación plurinacionalistas, con clara inspiración de los servicios de asesoramiento catalanes que prevalecieron en la Asamblea Constituyente del 2006 al 2009 en Bolivia.

Dada la fuerza de los símbolos, la wiphala fue instrumentalizada con el fin de hacer pasar como realidad un espejismo. La Constitución de 2009 señala en su Artículo 6: “Los símbolos del Estado son la bandera tricolor rojo, amarillo y verde; el himno boliviano; el escudo de armas; la wiphala; la escarapela; la flor de la kantuta y la flor del patujú”. Claramente, la wiphala no es equiparada con la tricolor boliviana. Ello se aclara más (y también se confunde) con el DS 241, que en su artículo 9 y siguientes reglamenta el uso de la bandera tricolor y, recién en su artículo 27 y siguientes el de la wiphala. En definitiva: La única bandera es la tricolor y la wiphala es un símbolo más, en la misma categoría que el escudo, la kantuta y la flor de patujú.

La wiphala es pues simplemente un señuelo para halagar y cautivar a los indígenas y a todas las personas deseosas de establecer una nueva identidad nacional en Bolivia. Como toda artimaña, funciona mientras las víctimas no se dan cuenta del engaño.

Queda pues, pendiente, la tarea de constituir un solo símbolo, que una y represente a todos quienes habitamos estas tierras. En palabras de Fausto Reinaga: de la Bolivia criolla y de la Bolivia india, hacer una sola Bolivia.  Y una sola Bolivia, requiere una sola bandera. De no ser así, lo que ingenuamente se cree expresa la “pluralidad”, terminará tristemente por señalar solamente el fraccionamiento y la descomposición nacional.

Pedro Portugal Mollinedo es historiador y analista político.

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